Son pequeñas edificaciones que se ubican
en el borde de los caminos y que contienen alguna imagen en su interior
realizada en piedra o madera, para que el caminante se acerque y deje
sus oraciones y alguna que otra limosna. En Selaya se pueden encontrar
varios de estos humilladeros repartidos por los distintos barrios que
forman el municipio, como en la recta de La Pola, en Selaya, en Campillo...
Suelen ser de gran simplicidad constructiva en
cuanto a planta y alzado, y estar realizados en piedra, unos con cubiertas
a dos aguas y acceso de balaustrada de madera a modo de portillera,
otros precedidos por un porche con hastiales, a imagen de las típicas
casonas solariegas. Los hay con tejados a cuatro aguas y bóvedas
de crucería, pero no son los más usuales. El arco de medio
punto es especialmente representado, sin que falte el aspecto de portalón
de cubierta soportada por vigas travesaño, entre el muro y el
muro lateral.
Muchos de estos humilladeros se abandonaron con el tiempo y fueron invadidos
por la naturaleza hasta su total desaparición, otros se mantuvieron
con la finalidad de dar cobijo a los caminantes como asubiaderos. Pero
la tónica general es que, a pesar de que las imágenes
solían aislarse del caminante por medio de una reja de hierro,
éstas hayan desaparecido. Algunas de estas piezas eran auténticas
joyas del arte religioso popular, en muchos casos cuidadosamente policromadas
por gente anónima, que era generalmente quien se encargaba de
realizar estos humilladeros, a veces para cumplir con un voto personal
y otras como simple devoción a su santo. Varios de ellos llegaron
incluso a convertirse en ermitas, gracias a las donaciones de algún
miembro acaudalado de la comarca, que pensaba que los santos de determinado
humilladero le habían ayudado en alguna ocasión.